Textos: El reflejo de los días

EL REFLEJO DE LOS DÍAS
por Antenor Orrego Espinoza para la Revista “El Cumbe”, Órgano de la Asociación de Alumnos Cajamarquinos de la Universidad Nacional de Trujillo, 1948.
TRADICIÓN Y REVOLUCIÓN
Hay que distinguir siempre cuidadosamente, entre una tradición muerta, que es como la excrescencia del pasado, una suerte de tumefacción cancerosa sobre el tejido orgánico y sanguíneo del presente, una tradición viva, que es como la linfa amniótica que vivifica el presente y nutre el porvenir.
- La tradición viva es el cordón umbilical del hombre nuevo que lo retiene, con fuerza inexorable, prendido a la cápsula matriz del pasado en su aspecto que siempre es vigente y creativo.
- Gracias a ese nexo casi fisiológico es posible una continuidad vital, una experiencia histórica, una congruencia de lo realizado y cumplido ya con lo que deviene o está deviniendo.
- No se libra el hombre de su terrible hechizo arrancándolo violentamente, que sería condenarse a la muerte y a la dispersión, sino fecundándolo saturándolo de porvenir, fibra a fibra, para que su savia no se congele y siga la línea ascendente.
- Una revolución por más compulsiva que sea jamás aniquila esta parte viva de la tradición, sino que, al contrario, se alimenta de ella, se afirma en ella como en un trampolín para dar el salto creador.
- Lo que destruye la revolución son las barreras, las injusticias y los anquilosamientos de la tradición muerta que pretenden de obstruir la ascensión de la vida.
- El impulso vital nunca es superfluo. Por mezquina que sea una época histórica siempre deja sedimento vivo que conecta con la fluencia del presente y del porvenir.
- El sentido histórico no es otra cosa que esta congruencia, esta relación directa entre lo vivido y lo posible por vivir. No habría conciencia histórica, en su sentido más amplio, es decir, una conciencia que abrazara el pretérito y el porvenir, si no hubiese una experiencia positiva, un pasado histórico visible.
VIDA Y DOCENCIA
Toda vida humana es una docencia potencial, porque cada individualidad es el vehículo de una revelación. El espíritu universal solo se vierte a través de cada ser: éste es su vaso y su instrumento; su alfabeto, su cuerda y su lira. El espíritu busca lo concreto, como la mariposa busca la luz, porque solo en la carne y a través de la carne cumple integralmente su holocausto creativo. Sólo en ella y por ella puede decir su mensaje al mundo y a los hombres. Todo lo que no sea articulación de este mensaje es superfluo, es una desviación espuria y moral.
La libertad del hombre en su aspecto negativo consiste en que por su volunta puede apartarse de esa docencia y entonces se condena a la esterilidad. Libertad y destino no son términos antagónicos que se excluyen, porque el destino es la expresión más adecuada y precisa de la libertad, que sin él se convertiría en libertinaje y caos.
Libertad y destino son términos complementarios que se integran. Querer su destino, comprenderlo y cumplirlo es la armonía del ser, la serenidad, el equilibrio y la luz. La sabiduría es el descubrimiento de esta ecuación; es la aceptación alegre y si se quiere heroica de la misión que surge del estrato más profundo de nuestra individualidad.
Cada hombre es una docencia, porque es en si la organización de ciertas fuerzas vitales que lo hacen apto para descubrir, iluminar y cumplir una determinada responsabilidad nonata inédita y oscura del Cosmos. Cada vida es una especia de telescopio a través del cual los demás hombres escrutan y hacen accesibles ciertos puntos remotos o verdades lejanas, que para ser percibidos reclamaban instrumentos o vehículos apropiados. Todos los hombres, cada uno en su medida, somos los portadores de un evangelio o buena nueva.
LA RAZÓN DEGRADADA
La caída del hombre, si encierra un símbolo grandioso y trágico ne la vieja sabiduría de los pueblos, no es precisamente la caída de la carne por el apetito, ni la ambición de ser como Dios, ni haber encontrado el dolor, el trabajo o la muerte. La caída del hombre es la caída de su inteligencia; la prostitución o rebajamiento de su razón hasta convertirse en justificadora oficiosa o celestina de sus iniquidades y extravíos.
De este modo, la razón se ha desplazado de su función vital. De herramienta fina de la sabiduría, de instrumento de conocimiento y revelación, de vehículo del Universo y de la Vida se ha trocado en simple, vil intermediaria de nuestras apetencias inferiores y mezquinas.
Así, la inteligencia se convierte en vana sofistería abogadil, en estéril y frío dialectismo, en mera argucia racionalista.
REALIDAD E IRREALIDAD
No se puede tener un sentido agudo y perfecto de la realidad si no se conoce o no se concibe la irrealidad de cierto modo. Sucede esto, especialmente en el mundo de los valores. Nunca sabremos lo que es la justicia concreta, valor real, por excelencia, sino percibimos lo que es la justicia abstracta, que es un valor absolutamente irreal. Aquel que está sumido en el estanque, no conoce el estanque mismo porque nunca ha contrastado el agua con la tierra, ni siquiera a contrastado el agua estática con el agua móvil, vertiginosa y dinámica. El hombre, como ente racional, no conoce de otra manera sino oponiendo diferencias y no se reconoce a sí mismo sino comparándose con los otros.
El chauvinista frenético es el que menos conoce y ama a su patria, precisamente porque desconoce las otras patrias.
La conciencia racional del hombre no es otra cosa que una acumulación concertada y organizada de experiencias y la experiencia no es sino el contraste de las sensaciones, percepciones e impresiones que nos aportan los seres y cosas.
Sabemos lo que es realidad porque sabemos, también, lo que no es realidad. Realidad e irrealidad son términos correlativos. Replegarse en sí mismo es el peor camino para conocerse; es la filosofía del ombligo que se disputa el centro del mundo. La vida interior más rica es la de aquella alma que más proyecta fuera de sí que aquella que más se da, que aquella que más se enajena a los demás seres.
Hubo un símil literario, que fue también símbolo de un movimiento estético, que engendró tremendas monstruosidades: el de la “torre de marfil”, círculo impermeable y cerrado del egoísmo más frío. De allí nació ese preciosísimo castrado y onanista, maceración solitaria del yo, que se asqueaba del hombre de carne y hueso hasta el frenesí. Fue el misantropismo más sombrío elevado al rango de categoría estética.


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